miércoles

Más que un taller,

los invito a este curso de autoayuda 
donde analizaremos a fondo 
la cigarrera de plata, 
el bisoñé del chantajista,
las sombras en el callejón, 
el lubricante para el revólver, 
la niebla que emerge del muelle, 
el enano en la maleta,
la pelea amañada,
el café tibio en la patrulla,
la pista en la caja de cerillos,

el rastro de sangre en la gabardina, 
la mesera en la banda de asaltantes,
el olor rancio de la ginebra barata,
la ceniza y el casquillo percutido en la alfombra del hotel,
el soplón que no verá la primavera,
la luna llena sobre la alcantarilla,
el cuadro con los sabuesos jugando póquer en el despacho del detective, 
la fría lágrima de la femme fatale,
el encendedor marca zippo del tercero de infantería,
la sobaquera de piel colgando del perchero, 
el agujero de bala en la fedora, 
la ajorca en el tobillo,
el perro que no ladra porque conoce al asesino, 
y muchos otros temas igual de importantes.

lunes

El detective, el hardboiled y el nuevo noir

El término film noir fue acuñado en 1946 por el francés Nino Frank, quien se refería a un estilo cinematográfico compuesto por grandes sombras, escasa luz, alto contraste y encuadres dramáticos. (No hay que olvidar que el poder del cine radica principalmente en la imagen en movimiento.) Muchos de estos film noirs estaban basados en una serie de pulps (libros de bolsillo, sensacionalistas e impresos en papel del más barato) escritos con una prosa desde entonces conocida como hardboiled. Hervido duro, en español. Como si el fuego de esa estufa evaporara las florituras y los juegos lingüísticos de otros géneros. Harboiled es un término que alude a esa prosa minimalista, seca y altamente estilizada de maestros como Jim Thompson, James Cain y Dashiell Hammett. Por ejemplo, el film noir Murder, my Sweet está basado en la novela harboiled Farewell, my Lovely.
Cada vez me gusta menos usar la etiqueta noir para referirme a una obra literaria. Sobre todo porque no condiciona ningún estilo. Siento que se presta a la ambigüedad. Mete al realismo sucio y al policiaco en el mismo saco. Digo, si ya se está usando el galicismo noir de manera incorrecta por qué no usar el anglicismo harboiled de manera correcta.
***
A inicios de la guerra contra el narco promovida por el presidente Felipe Calderón algunos periodistas preguntaban: ¿qué necesidad de hacer noir cuando la realidad supera la ficción? Y es que en aquel entonces a muchos narradores les pareció estupenda idea calcar la realidad. Esto los condenó a ir siempre dos o tres pasos por detrás de ésta. Era como si la imaginación, su principal herramienta de trabajo, la tuvieran atrofiada. Por ejemplo, surgía la noticia de una reina de belleza ligada al narco y era un hecho el que se urdirían, no una, sino mil ficciones en torno al tema. Lo mismo pasó con las Muertas de Juárez y el Pozolero.
Estos escritores habían inventado el agua hervida. Nadie los engañaba. Siempre esclavos de su realidad, para ellos la figura del investigador privado o del policía honesto es tan ridícula como Santa Claus. Para ellos lo importante no es el individuo, sino la sociedad que le da forma. Un ejemplo de esto son las películas realizadas por el director/escritor mexicano Luis Estrada, donde todos los personajes son víctimas. Víctimas del sistema, víctimas del gobierno, víctimas de su circunstancia en general. El compromiso político y social de este director hace que el verdadero protagonista de cada una de sus historias sea el tema de moda en el momento, ya sea la corrupción política (La ley de Herodes), el capitalismo salvaje (Un mundo maravilloso), el narco (El Infierno) o las villanías perpetradas por los medios de comunicación (La dictadura perfecta). En la gran mayoría de las cintas de Estrada podemos ver a su actor favorito, Damián Alcázar, romper la cuarta pared y voltear a la cámara con una expresión de “¡no puedo creer que me esté pasando esto a mí!”. A diferencia de un Quijote, un Aquiles, un Odiseo, un Raskólnikov, los personajes en los filmes de Estrada jamás toman decisiones. Tan solo reaccionan.
Este victimismo no es exclusivo de México. Breaking Bad, una de las teleseries más exitosas de la historia, trata de un profesor de química que se convierte en cocinero de metanfetamina, otra vez, por culpa de las circunstancias. El victimismo milénial de una generación que sueña todos los días con renunciar a su fastidioso empleo al estilo Fight Club (1999), Office Space (1999) o Wanted (2008). Los héroes de nuestros padres y abuelos decidían convertirse en comisarios, policías o detectives. Eran personajes proactivos. Tomaban decisiones basándose en valores como el honor y la decencia. En un mundo demasiado cínico, nuestros antihéroes tan solo reaccionan cuando les colman la paciencia. Se trata de una variante godinezca del monomito. El "arquetipo godinez".
***
Hay un detalle que hemos pasado por alto: el arte —y esto incluye al nuevo noir— es ideal. Sus límites no están definidos por otra realidad más que la establecida por el autor. Por ejemplo, cuando Chandler creó a Philip Marlowe la figura del detective bebedor y solitario era ya una parodia de Race Williams, personaje inventado por Carroll John Daly. Estos autores, más John D. MacDonald, Ross Macdonald y el resto de los escritores salidos de revistas como Black Mask pudieron haber hecho exclusivamente historias de gánsteres alimentadas por las noticias de la época, pero no lo hicieron porque no deseaban competir con la realidad, de la misma manera en que Picasso jamás deseó competir con la fotografía.
Aclaro: el hardboiled es realista con respecto a su paisaje. Ahí radica su capacidad de denuncia. Dice el novelista Raymond Chandler en su ensayo titulado El Simple Arte de Matar:
El realista de esta rama literaria escribe sobre un mundo en el que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá, en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas; un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar; un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder rápidamente a un segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo.[1]

Así como el hardboiled proyecta con toda crudeza el lado oscuro de la sociedad capitalista, al mismo tiempo nos presenta una idealización de las posibilidades morales del individuo. Pongo como ejemplo el personaje del recién citado Chandler, cuyo detective, desde el segundo párrafo del primer capítulo de la primera novela que protagoniza, se relaciona a sí mismo con el caballero de armadura brillante:
Había un vitral en el que figuraba un caballero con armadura antigua rescatando una dama que se hallaba atada a un árbol, sin más encima que una larga y muy oportuna cabellera. Tenía levantada la visera de su casco, como muestra de sociabilidad, y jugueteaba con las cuerdas que ataban a la dama, al parecer sin resultado alguno. Me detuve un momento y pensé que de vivir yo en esta casa, tarde o temprano tendría que subir allí y ayudarle, ya que parecía que él, realmente, no lo intentaba.[2]

Existen otras pistas que lo relacionan con las leyendas arturianas. Antes de decidirse por “Marlowe” para el apellido de su héroe, Chandler había optado por “Mallory”. Este es el apellido que ostenta en el cuento Los chantajistas no disparan, apellido que a la vez nos remite a Arthur Malory, autor del clásico Le Morte d'Arthur, donde se narran las odiseas del Rey Arturo. Están también los apellidos de protagonistas femeninos como Orfamay Quest (“aventura”, en inglés) y Helen Grayle (escritura arcaica de la palabra “grial”, en inglés). Pero este aspecto caballeresco no solo está presente en etiquetas superficiales, sino también en el proceder del investigador, quien es dueño de un código ético muy personal, el cual observa sin falta y contrasta de manera interesante con el paisaje corrupto descrito por el narrador. Estas son las reglas más evidentes del Código Marlowe:
·         No te acostarás con la hija de tu cliente
·         No te acostarás con la mujer de tu cliente
·         No te acostarás con tu cliente
·        Aceptarás tu paga si y solo si el trabajo fue llevado a cabo de manera eficiente
·         Jamás sucumbirás a sobornos
·         Jamás chivatearás
·         Jamás olvidarás tu sombrero y tu corbata
·         Llevarás una rigurosa dieta a base de tabaco y brandy

Este código es puesto en práctica en todas las novelas de Marlowe excepto El Largo Adiós. Pero incluso en esta historia, a pesar de todo su cinismo, rehúsa gastar el billete de cinco mil dólares (“retrato de Madison”) entregado por su amigo Terry Lennox. En El Gran Sueño encuentra desnuda en su propia cama a la “delicadamente proporcionada” Carmen Sternwood y qué hace: la viste y la lleva a su casa. En este mismo pasaje el detective hace una pausa para analizar el tablero de ajedrez en su recámara. Concluye que el suyo “no es un juego para caballeros”[3]. Quizá está hablando de su partida de ajedrez o quizá nos está diciendo que personajes como él se han vuelto anacrónicos en un ciudad tan pecaminosa como Los Ángeles.
Este puritanismo no resulta odioso para el lector debido a que el héroe de Chandler no busca identificarse con él, como, por ejemplo, sí lo quiere hacer un Henry Chinaski, antihéroe creado por otro escritor angelino: Charles Bukowski. Chinaski en todo momento parece decirnos, “tú eres yo y yo soy tú”. Marlowe no está ahí para eso. Si bien Chinaski y Marlowe viven en la misma ciudad, cada uno adopta posturas distintas respecto a ella. El primero parece decirnos “ella me hizo tan guarro como soy”, mientras el segundo es el último reducto de virtud en un mundo corrupto. En un sentido poético —abierto a cualquier otra interpretación— la figura de Marlowe parece decirnos: “Quizá no te tocará sacar a Excalibur de la piedra, pero, ¿por qué no actuar como si tal cosa?”
***
Tal vez el nuevo noir aspira a películas como las de Scorsese y a teleseries como Breaking Bad. No tanto a las anacronías de Chandler. Unos clichés por otros. Definitivo: son productos distintos y para gustos distintos. Aunque me gusta más la literatura Black Mask, es probable que el nuevo noir sea mejor que el harboiled clásico. Porque es aún más realista, porque sus antihéroes son más “tridimensionales”, qué sé yo…
El hecho de que ni el héroe ni el estilo definan al nuevo noir me hace pensar que tan solo se trata de un truco publicitario, disfrazado de movimiento, y diseñado para atraer público. No sería el primero. Ya nomás le falta su propio manifiesto.
Y sin embargo el nuevo noir cuenta con un estilo muy característico e identificable. Si el hard boiled es el subgénero del lenguaje seco y las oraciones cortas, el nuevo noir es todo lo contrario. Raya en el barroquismo. Sus autores sobre adjetivan, abusan de los adverbios, acostumbran echar mano de palabras rimbombantes. Palabras que luego mezclan con majaderías, para demostrar que no solo son muy cultos, sino también tienen mucha calle. Esta clase de escritores sienten que es necesario siempre dejar claro ambas cosas. No es casual que sus protagonistas suelen ser periodistas, profesores de literatura o escritores. Personajes que emplean este tipo de lenguaje.  

*** 
Preguntarán: ¿por qué ese afán por separar todo en categorías? Primero que nada: no me parece que agrupar novelas dentro de géneros o subgéneros sea de ninguna ayuda para el autor, quien casi siempre detesta las restricciones. Sobre todo los más autoindulgentes. En cambio estas agrupaciones son de mucha ayuda para el hombre promedio, que debe cumplir con su empleo de diez o doce horas diarias, y que busca abrirse paso entre la abrumadora y cada vez más grande oferta literaria, avanzando por temas.
Así le hice en mi época más feliz como lector. Leía libros cuyos temas me interesaban, y me la pasé bomba haciéndolo. Detectives, vaqueros y piratas, principalmente. Hasta que me dijeron que no era importante el qué sino el cómo, y que debía leer las “grandes novelas”. Novelas como la ropa nueva del emperador. Un canon de libros acerca de nada en especial, muy bien escritos, eso sí, y convertido en religión por un grupo selecto de personas calvas, barbadas, y con parches en sus sacos de pana. Me inscribí en esa religión, pero solo por unos meses. La lectura dejó de ser divertida. Gasté demasiado porque cada año salía una nueva docena de obras maestras nacionales e internacionales. Luego dije “a la mierda con esto” y regresé a los subgéneros.
Ahora prefiero leer una mala novela de detectives que otro relato sublime protagonizado por escritores. Por eso me gustan tanto las etiquetas, las defiendo e incluso escribo acerca de ellas. Porque me parece más honesto un producto que se anuncia simplemente como ciencia ficción, novela policiaca o western que otra Gran Novela Latinoamericana más —lo que sea que eso signifique—.
Ahora me toca a mí preguntar: ¿por qué es tan malo categorizar la literatura?
Si alguien afirmara que los Beatles son el mejor grupo de metal y otra persona lo corrigiera no pasaría nada. Por qué ofende tanto hacer esto con la literatura. Más cuando las etiquetas se han vuelto tan engañosas. Es común encontrarse con un libro que se publicita como “policiaco” y que no cuenta ni con el estilo ni con los personajes propios del género. Entiendo por qué se hace, para aprovechar una moda, sin embargo me gustaría analizar más a fondo esta circunstancia, donde cualquier relato con una pistola o un cadáver es automáticamente etiquetado como noir.
Primero que nada, ¿a qué se debía que durante toda la primera mitad del siglo XX aquello que se promocionaba como policiaco cumplía con las convenciones del género el cien por ciento de las veces? No fue debido a que a los autores de aquel entonces les faltara imaginación para romper las barreras de sus géneros. Nada tiene qué ver con eso. Fue más bien debido a que (y aquí es donde pretendo ponerme polémico:) los verdaderos padres del hardboiled no fueron ni Chandler ni Hammett, sino los fundadores de revistas como Black Mask, Detective Fiction Weekly, Dime Detective, Spicy Detective, y, posteriormente, de editoriales pulp como Gold Medal y Lion. Fueron ellos, por medio de sus restricciones, sus ideas, sus fórmulas para atraer lectores, quienes crearon el hardboiled. Hablo de visionarios como Frank Munsey, quien en 1906 fundó la primera revista de ficción pulp especializada en un solo tema: la Railroad Man’s Magazine, que agrupaba exclusivamente relatos ferrocarrileros. En 1907 hizo lo mismo con The Ocean, de cuentos marítimos. Hablo del empresario Harry Steeger, quien, influido por el Teatro Guignol, impuso como regla a los escritores de su revista (Dime Detective) la existencia de villanos fuera de toda proporción. Torturadores sádicos y excéntricos, las más de las veces. Hablo de Joseph Shaw, editor de Black Mask, quien desde las portadas favorecía, número tras número, la continuidad de personajes como Race Williams, Mike Shayne, Flashgun Casey, Bill Lennox, Oliver Quade (La Enciclopedia Humana) y Ed Jenkins (El Ladrón Fantasma). Shaw dio más importancia a los personajes que a sus creadores, lo cual para mí es el sello más característico del hardboiled. Porque así como El Quijote es más famoso y querido que Cervantes, lo mismo se puede decir de Philip Marlowe y de Sam Spade. A contrario sensu, lo mismo no se puede decir de los personajes creados por Faulkner, Fitzgerald y Hemingway, quienes siempre desearon los reflectores apuntando hacia ellos. James Ellroy, por ser un autor de policiaco que no salió del sistema Black Mask, también es mucho más famoso que sus detectives.
Extrapolando: el verdadero padre de Marlowe y Spade es Joseph Shaw. Sin él, tanto Chandler como Hammett habrían mudado rápido de temas y de personajes, obedeciendo a sus respectivas sensibilidades. Habrían gozado de mayor aceptación entre los refinados críticos (quienes aplauden la libertad artística), pero de menos lectores también. 
Extrapolando: el hardboiled es un producto que solo pudo haber sido generado por una sociedad capitalista. Porque, a pesar de su capacidad de denuncia, el hardboiled fue creado para satisfacer las demandas de sus consumidores: lectores, la mayoría pertenecientes a la clase trabajadora, que no contaban con el nivel adquisitivo para pagar revistas más reputadas y fabricadas con papel más caro, como The American Mercury.
El consumidor de pulps era considerado un individuo pobre, ignorante, burdo, o, en el mejor de los casos, un lector marginal. Marcus Duffield escribió al respecto en su artículo de 1933, Pulps: fantasías para las masas:
Esta literatura pulula los quioscos y estanquillos de revistas. Vulgar, descarada, banal. Ostenta títulos como: Salvaje Oeste Semanal, Historias Asombrosas, Romance en el Llano. Son los pulps, y uno nunca se sumerge en este submundo literario (…) a menos que desee conocer las preferencias literarias de aquellos que mueven sus labios al leer.[4]
Este mismo tono, lleno de histeria, paranoia y odio hacia las lecturas del vulgo, se repite en el texto que Margaret MacCullen escribió en 1937 para la revista Harper’s:
No es agradable pensar en las mentes inmaduras, con apetitos muy maduros, que hacen de esas cosas su canasta básica, pero no hay que olvidar que el sensacionalismo es una necesidad ancestral de las personas sin educación. El lector de esta ficción está interesado y agitado por las mismas cosas que serían motivo de interés y agitación para un aborigen.[5]
Esta analogía del lector de pulps como un temido salvaje se entiende mejor si se pone en contexto. Hay que recordar que la reciente la Revolución Industrial trajo consigo la masificación de libros, periódicos y revistas. Ahora los pobres también leían, lo cual escandalizaba a las clases pudientes (que suelen promover la lectura de los dientes para afuera).
Pero no todo era oposición a los pulps. Por ejemplo, el escritor Will McMorrow, alegaba en su defensa: “Uno no compra pulps por razones ornamentales. Para que se vean bonitos en la sala de tu hogar. Uno los compra para leerlos.” Por su parte el filósofo Ludwig Wittgenstein escribió a un amigo: ‘No entiendo cómo es que la gente puede leer Mind (revista filosófica) si podrían estar leyendo Street and Smith (editorial pulp). Si la filosofía tiene algo qué ver con la sabiduría, no hay un grano de eso en Mind, y sí en las historias de detectives.”[6]
Pero, como pasa con cualquier producto del capitalismo salvaje, el fin del hardboiled comenzó cuando dejó de ser rentable. Cuando esos “lectores marginales” lo abandonaron para pasar a otras formas de entretenimiento, como el cine y la televisión. Cuando dejó de producirse para satisfacer una necesidad y se produjo por razones artificiosas, como la moda o, paradójicamente, el prestigio académico. Porque hoy en día hasta el más pomposo de los literatos desea tener una novela policiaca en su currículum, más que nada para demostrarles a los mortales que con su fina pluma es capaz de convertir la mierda en caviar.
El nuevo noir no surgió de la escuela Black Mask ni ha sido molestado por restricciones de ningún tipo. Habrá quienes vean esto como algo bueno. Yo no. Jean Paul Sartre escribió que los franceses nunca fueron tan libres como durante la ocupación alemana. Este pensamiento tiene mucho qué ver con el existencialismo enarbolado por él. Sartre afirmaba que la libertad es la principal causa de angustia en el ser humano. “Cada que la policía omnipotente intentaba callarnos cada uno de nuestros pensamientos se convertía en una declaración de principios”[7], agrega en el mismo texto. Creo saber a qué se refiere el filósofo. Como La Ley de Ohm: en un circuito eléctrico no puede haber voltaje si no hay resistencia a la corriente. Por tanto, la cantidad de voltaje es directamente proporcional a la cantidad de resistencia. El voltaje de las ideas de Sartre aumentaba conforme aumentaba la represión de los alemanes. El cine más erótico de todos los tiempos (y aquí estoy hablando de films noirs como La Dama de Shanghai, Laura, Pacto de Sangre, El Cartero llama dos veces), se dio durante la época de mayor censura en Hollywood, el periodo dominado por los dictámenes del Código Hays. Lo mismo pasó con los escritores de pulps. Sus historias cobraban mayor fuerza conforme sus lineamientos editoriales aumentaban.
El nuevo noir se pierde en el absurdo de un mundo sin reglas, donde no hay posibilidad de transgresión, donde absolutamente todo está permitido debido a que nadie le importa. Una literatura angustiada por ese exceso de libertad que no es capaz de manejar. Lo que es peor, al no depender de sus lectores, el nuevo noir tiene que vivir de la academia y al hacerlo se aleja cada vez más del gusto popular. Esto es muy común en países como México, pero es un problema que tiene una solución sencilla: estudiar con detenimiento las características de clásicos como El Halcón Maltés, Adiós, Muñeca, Cosecha Roja, La Llave de Cristal. Ahí están las claves. Obras que encantaron a los lectores de su tiempo y que lo siguen haciendo. Solo hay que estudiar qué es lo que las hace funcionar tan bien.
Por lo pronto leo El Cartel, nuevo libro de Don Winslow —máximo exponente de eso que llamo nuevo noir—, y descubro una historia arrancada de los titulares de la nota roja, sin un estilo memorable, con los clichés de El Padrino ofreciendo el esqueleto, y rellenada con paja. Claro, está escrita por un gabacho, por tanto no es narconovela. Por tanto es una genialidá. 
Solo hay un elemento unificador en el nuevo noir: la violencia extrema. Mientras más extrema mejor. Los escritores del nuevo noir decidieron hacer ficción calcada de la realidad, y tal vez lo lograron, no lo sé, sin embargo la pregunta: “¿qué necesidad de hacer noir cuando la realidad supera la ficción?”, sigue sin poder contestarse. Al menos el que aquí escribe no ha dado con una respuesta satisfactoria.



[1] Raymond Chandler, “Obras Completas Tomo II”, Debate, España, 1995, p. 1110.
[2] Raymond Chandler, “Obras Completas Tomo I”, Debate, España, 1995, p. 3.
[3] Raymond Chandler, “Obras Completas Tomo I”, Debate, España, 1995, p. 117.
[4] Marcus Duffield, “The Pulps: day dreams for the masses”, Vanity Fair, EUA, 1933 (junio), p. 98.
[5] Margaret McCullen, “Pulps and Confesions”, Harper’s Magazine, EUA, 1937 (junio), p. 98.
[6] Norman Malcolm, “Ludwig Wittgenstein: A Memoir”, Clarendon Press, Reino Unido (Oxford), 2001, p. 32.
[7] Jean Paul Sartre, “Paris alive: The Republic of Silence”, The Atlantic Monthly, EUA, 1944.

sábado

El Asesino de los Mil Rostros



Imaginemos a un tahúr de nombre Bill Maynard. Ahora pongamos a este estafador en una ciudad de la Costa Este norteamericana. Con dientes nuevos. Los viejos se los han tumbado en una partida de póquer en Chicago, donde unos mafiosos adivinaron su oficio: mecánico de las cartas. El antiguo mago se encuentra listo para empezar de cero, consciente de que no debe cometer más imprudencias, como la de participar en partidas de bolsas muy elevadas, con tipos de su misma calaña.
Ahora lo sabe, lo suyo es el trabajo de bajo perfil. El robo a pequeña escala. Disciplinado. Sin riesgo. Sin apostar. A lo seguro, valiéndose de la rapidez de sus dedos. Partidas de dos dólares, cuando mucho. Rodeado de amateurs. Por eso aprovechó la recta cuando el dentista que acaba de colocarle su dentadura lo invitó a jugar seven-card stud con sus amigos. Es en la casa del anfitrión de esa noche, el opulento abogado Murray Rogers, donde el prestidigitador Bill Maynard conoce a la mujer que lo hará apostar de nuevo. Esta vez será su vida la que pondrá en juego.
Dicen que todo hombre tiene una debilidad. Dicen que por cada uno de nosotros hay una mujer en el mundo que nos hará brincar a través de aros en llamas con tan sólo tronar sus dedos. Dicen que un hombre corre con suerte si jamás en su vida llega a conocer a esa mujer.
Luego de seducirlo, la bella y letal Joyce Rogers le propone a Bill despojar a Murray de toda su fortuna por medio de una complicada estafa, para así vivir juntos para siempre. Felices y sin apuros económicos.
Esta en esencia es la trama de la novela Lucky at cards, novela escrita por Lawrence Block y publicada por primera vez en 1964. Escuchemos a su femme fatale:
—Te extrañé, Bill —repitió—. Bueno, no a ti en particular. Hombres como tú. Llevo casi tres años casada con Murray y es hora que no me acostumbro. La vida solía tener más emoción antes. No me la pasaba conviviendo con los amigos de mi esposo. No, yo dormía hasta tarde y me levantaba hasta tarde. Me encontraba hambrienta todo el tiempo. Hambrienta de gente y hambrienta de emociones. Es lo que extraño más.
—¿Acaso no te gusta lo que tienes ahora?
—¡No!
—Pero debe ser mucho más sencillo —dije—. Sin preocuparte por el dinero, ni por la ley. Buen whisky para beber y ropa costosa que ponerte.
—Tenía todo eso.
—¿Todo el tiempo?
—¡Por supuesto que no! A veces —Joyce bajó su mirada hacia el suelo—... Escucha, claro que es mucho más fácil ahora, pero eso no lo es todo, Bill. Morirse es la cosa más sencilla del mundo. Tan sólo estar acostada, ahí, esperando la muerte, sin tener que trabajar de nuevo. Estar casada con Murray se parece mucho a eso. La emoción se ha ido.
***
Imaginemos a un marinero de nombre Swede Nelson. Ahora pongamos a este marinero en el motel Purple Parrot, ubicado en la costa del Sur de California. Lo único que nuestro marinero desea es sentar cabeza con una buena mujer. Esto hasta que se topa con la despampanante viuda Mason, dueña del Purple Parrot, y termina acusado por el homicidio del hombre que abusó de ella.
Desde el inicio, una mucama del motel intenta advertirle a Swede que huya de aquel enredo, pero el marinero no le hará demasiado caso.
Esta en esencia es la trama de Home is the sailor, novela policiaca escrita por Day Keene y publicada por primera vez en 1952.

***
Imaginemos a un vendedor de productos domésticos llamado Frank Dillon. Un absoluto perdedor que no para de sentir lástima de sí mismo, mientras va de puerta en puerta, ofreciendo sus baratijas en medio de una lluvia torrencial. 
Desde que tengo memoria me he estado partiendo el lomo intentando hacer algo con mi vida, y desde ese entonces siempre ha habido alguien haciéndome pasar un mal rato… De un modo u otro, me bloquean el camino… Si tan sólo hubiera gozado de una buena compañía en esos momentos, la constante lucha no me hubiese resultado tan pesada, pero siempre gocé de la misma suerte... Trepadoras, eso fue lo único que me ha tocado. Cinco trepadoras seguidas; una tras otra… o quizá fueron seis, o siete, no importa. Era como si todas hubiesen sido la misma...

Hagamos que este vendedor toque el timbre de Mona Farrell, una joven dulce, enternecedora y prisionera de una tía malvada que la prostituye. Pronto el vendedor descubre que la avara señora Farrell es poseedora de una enorme fortuna que oculta en su casa, por lo que planea robarla, asesinarla y huir con su sobrina.
Esta en esencia es la trama de A hell of a woman, novela policiaca escrita por Jim Thompson y publicada por primera vez en 1954.

***
Imaginen a un astuto y bien parecido agente de seguros llamado Walter Neff. Ahora pongamos a este inocente en Hollywood, donde espera renovar la póliza de un tal míster Dietrichson. Su cliente se encuentra ausente, por lo que será recibido por la esposa de éste, la despampanante Phyllis Dietrichson.

Era pequeña y vestía pijama azul… debajo del pijama se adivinaban formas capaces de volver a un hombre loco.

Phyllis seduce a Walter y lo convence de asesinar a míster Dietrichson y orquestar el crimen como un accidente, para así continuar su romance con el dinero que la compañía de seguros pagará por la muerte del esposo.
Esta en esencia es la trama de Double Indemnity, novela policiaca escrita por James M. Cain y publicada por primera vez en 1943.

***
Imaginen al trampa californiano Frank Chambers. Pongámoslo en el sur de California. Mejor aún, dejemos que él mismo nos cuente el inicio de su tragedia:

A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había subido a él la noche anterior, en la frontera, y apenas me tendí bajo la lona quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que pasé en Tijuana, así que aun dormía cuando el camión se detuvo para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo de la lona y me arrojaron al camino. Intenté hacer unas bromas, pero el resultado fue un fracaso. Me dieron un cigarro y eché a andar en busca de algo para comer.

A pesar de su condición de vagabundo, Frank es capaz de expresarse de manera clara. Siempre directo y al grano. Debido a que no es un palurdo de las colinas ni un catedrático de universidad, sino un simple aventurero, su dialecto no es demasiado regional… mucho menos académico. Su narración se encuentra en un sano punto intermedio. Sencilla, como la mejor poesía siempre lo es. Sin palabras domingueras ni demasiada jerga coloquial ensuciando el texto.
El verdadero origen de esta historia se dio durante los paseos que el autor, James M. Cain, hacía por el sur de California. Cain solía llenar el tanque de su Ford en una estación atendida por una mujer muy guapa.

Regularmente platicábamos mientras me cargaba gasolina. Luego leí en el periódico acerca de cierta dama que convenció a su amante de asesinar a su marido, dueño de una de estas estaciones de servicio en la carretera, la cual ella misma atendía, y me pregunté, ¿será aquella misma muchacha frondosa? Paso otra vez y el negocio se encuentra cerrado. Pregunto y resulta que sí, era ella…

Cora Papadakis sería la encarnación literaria de esa mujer. Cora ganó un concurso de belleza en Iowa. Usó el dinero del premio para pagar el boleto de autobús que la llevó a Hollywood, donde esperaba convertirse en estrella de cine. Su acento provinciano no le ayudó en nada y terminó casada con un griego insoportable, muchos años mayor que ella, y sirviendo sándwiches en una carretera californiana.
 Es interesante la manera en que la mayoría de estos relatos de seres condenados están ambientados en lugares paradisiacos, cobijados por climas templados, como el sur californiano de mediados del siglo XX. A escasos kilómetros de esa fábrica de sueños llamada Hollywood. Como si estos personajes fueran incapaces de gozar del paraíso que les rodea por causa de sus pecados, sus sueños rotos o los demonios que albergan dentro.
Cora y Frank son los dos protagonistas de El cartero siempre llama dos veces, novela escrita por James M. Cain y publicada en 1934.

***

Al arquetipo donde dos amantes se ponen de acuerdo para asesinar a un tercero me ha dado por llamarle El Asesino de los Mil Rostros. El Asesino de los Mil Rostros no asesina por motivos abstractos y filosóficos que luego serán expuestos, analizados y discutidos de manera muy sesuda en aulas de universidad. Sus motivos no son los del Raskolnikov de Dostoievski, o los del Meursault de Camus. El Asesino de los Mil Rostros protagoniza paperbacks. Libros baratos, de bolsillo, que serán ignorados por los mismos académicos que en su tiempo ignoraron al Quijote.
El Asesino de los Mil Rostros encarna la emancipación del individuo mucho mejor que héroes de la cultura popular como Shane el desconocido o Neo de Matrix. El Asesino de los Mil Rostros es un ser iluminado en la medida en que no se deja engañar por religiones como las creadas por Marx, Bakunin o Cristo. El Asesino de los Mil Rostros no necesita leer a Freud para saber que al unirse a una muchedumbre el ser humano cede su voluntad a la de un líder, convirtiéndose en menos que una bestia, convirtiéndose en un idiota que pierde de vista sus prioridades. Es por ello que El Asesino de los Mil Rostros es un lobo solitario que jamás será engañado por nadie excepto por su amada, por quien El Asesino de los Mil Rostros desea, desea y desea ser engañado.
El Asesino de los Mil Rostros es el maestro que nos enseña que a este mundo hemos venido a morir por amor. El Asesino de los Mil Rostros es el máximo rebelde porque se rebela en contra del dios Jehová, el dios Alá y el dios Marx, al aceptar el beso mortal de su femme fatale por placer, pecado que más odian esas deidades.  
   Pero lo que más me gusta de El Asesino de los Mil Rostros es su extrema simpleza. Tan poderosamente poética, la trama siempre es y será la misma: súper hombre conoce a súper mujer. Súper hombre mata por súper mujer.
   Es todo.
   La trama más importante.
   La única, realmente.
   No necesita adornos.
   El Asesino de los Mil Rostros puede ser el estafador más mentiroso con el resto de la humanidad, sin embargo El Asesino de los Mil Rostros es honesto consigo mismo. El Asesino de los Mil Rostros no teme admitir que anda en busca de una sola cosa y de ninguna otra cosa más. Eso que todos buscamos pero nos andamos entre las ramas para conseguirlo: el gran revolcón antes de la muerte. Nada más, nada menos. Poder, reputación, fama, popularidad, riqueza, son, cuando mucho, medios para alcanzar su única meta. El Asesino de los Mil Rostros somos todos nosotros, pero sin inhibiciones.
   Seducido hasta la locura tanto por el dios Eros como por el dios Tánatos, la búsqueda de lo bello es tan fuerte en El Asesino de los Mil Rostros que está más que dispuesto a morir por su amada, a quien jamás juzga y siempre aceptará, con todos sus pecados.
   ¿Acaso puede haber una trama más pura?

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