miércoles

Más que un taller,

los invito a este curso de autoayuda 
donde analizaremos a fondo 
la cigarrera de plata, 
el bisoñé del chantajista,
las sombras en el callejón, 
el lubricante para el revólver, 
la niebla que emerge del muelle, 
el enano en la maleta,
la pelea amañada,
el café tibio en la patrulla,
la pista en la caja de cerillos,

el rastro de sangre en la gabardina, 
la mesera en la banda de asaltantes,
el olor rancio de la ginebra barata,
la ceniza y el casquillo percutido en la alfombra del hotel,
el soplón que no verá la primavera,
la luna llena sobre la alcantarilla,
el cuadro con los sabuesos jugando póquer en el despacho del detective, 
la fría lágrima de la femme fatale,
el encendedor marca zippo del tercero de infantería,
la sobaquera de piel colgando del perchero, 
el agujero de bala en la fedora, 
la ajorca en el tobillo,
el perro que no ladra porque conoce al asesino, 
y muchos otros temas igual de importantes.

sábado

Marlowe en Hollywood



Orfamay Quest, una timorata del cinturón bíblico (Manhattan, Kansas), contrata al detective privado Philip Marlowe para encontrar a la oveja negra de la familia, su hermano Orrin, de quien no se ha sabido nada en meses. Esta es la premisa de la La Hermana Pequeña. En ninguna otra novela de Raymond Chandler nos encontramos con un escenario tan fértil para el despliegue de sus frases lapidarias y de los símiles cargados de ironía. 
   “Se acercó y se deshizo en lágrimas. Yo reaccioné exactamente igual que un pescado disecado ante un cebo”, es la manera en que el detective narra su primer encuentro con su nuevo cliente. Capítulos más tarde el investigador hará gala de su acidez al ensañarse con el inocente bisoñé de un chantajista:



          —Tiene usted una gramática más floja que su peluquín —le dije.
—Deje en paz mi peluquín, si sabe lo que le conviene —gritó el chantajista.
—¿Qué les pasa a los que se meten con su peluquín? ¿Les obliga a comérselo?

Más tarde arremeterá contra los peculiares métodos de operar de un pobre guardia de hotel:

…Con el revolver en la mano abrió de golpe. Ningún sospechoso en el armario.
—Mire debajo de la cama —le dije.
Flack se agachó rápidamente y miró debajo de la cama.
—Mire debajo de la alfombra —le dije.
—¿Me está tomando el pelo? —dijo, huraño.
—No, es sólo que me gusta verle trabajar.

***

La narración no se encuentra exenta de fallas. Una de ellas siendo la extrema complejidad de su trama. Me atrevo a suponer que parte de esta complejidad se debe a la inclusión de una serie de personajes de importancia sólo tangencial para la historia, puestos ahí con fines evidentemente revanchistas.
Escrita luego de la incursión de Chandler en Hollywood como guionista en el film noir Double Indemnity (Billy Wilder, 1944), La Hermana Pequeña por momentos se revela como un ajuste de cuentas en contra de las personas que durante esa experiencia lo ofendieron de algún modo. Tal es el caso de la caricaturización que Chandler hace del director alemán en el personaje llamado Sheridan Ballou, con todo y el bastón de malacca que solía blandir.

Solo en Hollywood... Dónde más vas a encontrar a un tipejo paseándose con su bastón de mando y un caminado estilo Picadilly.

Es celebre la anécdota de la ventana que al parecer uno le mandó al otro a cerrar y que aquí aparece en este fragmento donde el detective privado parece ser el alter ego del escritor:

—Con una lupa se puede leer el titular —le informé.
—Hay una sobre la mesa, tráigala.
Fui a buscar la lupa.
—Está acostumbrado a hacerse servir, señor Ballou.
—Pago bastante caro ese derecho.

***

El desprecio era mutuo.
Double Indemnity es una cinta negrísima que trata de un agente de seguros, Walter Neff, quien toca a la puerta de la mujer fatal Phyllis Dietrichson y es inmediatamente seducido y convencido por ésta de asesinar a su marido y orquestar el crimen como un accidente, para así continuar su romance con el dinero que la compañía de seguros pagará por la muerte del esposo.
Este largometraje juntó a tres de los artistas que más admiro en una sola obra. A James M. Cain como autor de la novela que sirvió de inspiración, a Billy Wilder como director, y a Chandler como guionista.
A pesar de vivir en Los Ángeles y contar con 54 años de edad en ese entonces, el creador de Philip Marlowe aún no había escrito un libreto, mucho menos pisado el interior de un estudio de cine. En su primera reunión con Wilder le “exigió” a este mil dólares. “No aceptaré menos”, aclaró el gruñón, muy orgulloso de sí mismo. Director y productor, presentes ahí mismo, tuvieron que aguantarse la risa debido a que eso era lo que ganaba un guionista por semana en aquellos días.
“Y voy a necesitar un guion... Para familiarizarme con el formato”, continuó el novelista. 
Se le dio un guion muestra.
“¿Qué día es hoy? ¿Jueves?... Muy bien, se los tengo para el lunes”, agregó el escritor.
Más risas por parte de los cineastas.
“No se preocupe, señor Chandler. Normalmente nos tardamos de cinco a seis meses en escribir estas cosas”, se le informó al novelista, con una irreprimible sonrisa.
Sigue Wilder:
“Regresó a los diez días con ochenta páginas de pura mierda. Tenía algunas buenas líneas de diálogo pero supongo que le dieron un guion de alguien que se creía director de cine porque estaba lleno de disolvencias, fundidos, emplazamientos de cámara… todo para demostrar que el tipo conocía la técnica. Tiré su guion a la basura y le expliqué que trabajaríamos juntos. Nos juntábamos a las nueve de la mañana y terminábamos a las cuatro y media. Le tuve que explicar muchas cosas, pero lo que hicimos tenía verdadera electricidad. Una mañana estoy sentado en mi oficina. Diez de la mañana y nada de míster Chandler. Once: nada. A las once y media le llamo al productor y le digo ‘¿qué pasa con el escritor?’. ‘Es lo que iba a decirte: renunció’, me informa.
“Renunció porque el día anterior hizo mucho sol y le pedí que cerrara las cortinas pero no se lo pedí ‘por favor’. Luego me acusó de beber hasta tres martinis con la comida.
“Tampoco le gustaba verme con chicas. Ahora que lo pienso, entiendo que me odiara. Yo podía controlar la bebida y el tipo era alcohólico. Una copa lo ponía mal. Además, yo siempre salía con mujeres, mientras que él ya estaba viejo y su esposa era todavía veinte años mayor que él.
“‘¿Serías tan amable de mover tus piernas por favor que quiero ir al baño?’, le decía. Siempre por favor por favor por favor... Fuera de esos detalles, trabajamos muy bien. Cuando Double Indemnity se estrenó, Chandler no estuvo ahí, pero míster Cain fue a verla. Vino llorando hacía mí. Encantado por lo que habíamos hecho con su libro.”[1]
Pacto de Sangre, como se conoce en español, significó un éxito artístico y económico. Fue nominada a dos óscares (en aquella época, algo impensado para una película tan sórdida y sexosa) —mejor película y mejor guión—. Perdió ambas estatuillas ante un musical estelarizado por el bailarín Bing Crosby, donde éste hacía de sacerdote. Alfred Hitchcock diría que, después de Double Indemnity, las dos palabras más importantes en el cine eran “Billy Wilder”[2]. Woody Allen la describió como “la mejor película de Wilder o, mejor dicho, la mejor película de cualquiera”. 

***

Una experiencia agonizante que acortó mi vida, pero aprendí tanto de guionismo como me fue posible… Aprendí que un guionista listo es aquel que no se toma las cosas tan a pecho. Deberá tener un toque de cinismo en él, pero solo un toque, ya que un cínico consumado es tan inútil para Hollywood como para él mismo.[3]

Es indudable que esta “experiencia agonizante” le sirvió mucho al Chandler guionista, quien continuaría con su trabajo en el séptimo arte hasta convertirse en uno de los escritores mejor pagados y más reputados, con la autoría de clásicos del cine negro como The Blue Dahlia (1946, George Marshall) y Strangers on a Train (1951, Alfred Hitchcock). Al Chandler novelista también le sirvió bastante, ya que La Hermana Pequeña, a pesar de su laberíntico argumento y su consabida mala leche, es una de las mejores novelas que se han escrito acerca de ese frívolo, cruel y seductor villano rompecorazones llamado Hollywood.


[1] Tom Hiney, “Raymond Chandler, a biography”, Grove Press, EUA, 1997, p. 139-143.
[2] Roy Hoops, “Cain”, Holt Rinehart Winston, EUA, 1982, p. 347.
[3] Tom Hiney, op. cit., p. 144.

viernes

Murder Ballads recomendadas (orden alfabético)

Bang Bang, con Nancy Sinatra
Cocaine Blues, con Juanito Efectivo
Contrabando y Traición, con Los Tigres del Norte
Delia's Gone, con Juanito Efectivo
El Hijo Desobediente, con Antonio Aguilar
El Preso Número 9, con Los Tres Caballeros
En Preparación, con Gerardo Ortiz
Folsom Prison Blues, con Juanito Efectivo
Frankie and Johnny, con Gene Vincent
Frank's Wild Years, con Tomás Espera
Hey Joe, con Jaimito Hendrix
I Hung my Head, con Picadura
La Gota Fría, con Carlos Vives
Lamberto Quintero, con Cadetes de Linares
Laurita Garza, con Los Invasores de Nuevo León
Long Black Veil, con Miguel Ness
Pedro Navaja, con Rubén Blades
Rapsodia Bohemia, con Reina
Rocky Raccoon, con Los Escarabajos
The night the lights went out in Georgia, con Vicki Lawrence
The Kindness of Strangers, con Nicolás Cueva

lunes

Perfil de Robert Mitchum





Escribí una novela con el Robert Mitchum de los años cuarenta en mente. La trama: un predicador toca la puerta de una mujer que le propone asesinar a su marido -un capitán de barco tiburonero- a cambio de su amor.

Las razones por las cuales me funciona el Robert Mitchum veinteañero en el papel del evangelista son muchas. Para empezar, el hecho de que su físico no es el de un hipster salido de Sundance, ni el de un héroe de los anabólicos, sino el de un hombre de una época remota que trabajó fabricando aviones para la segunda guerra mundial, cargando madera para el New Deal del presidente Roosevelt, de boxeador profesional en California, y reparando caminos para el gobierno de Savannah, Georgia, como parte de un chain gang del cual escaparía con una pierna infectada. Una biografía muy distinta a la de un Johnny Deep o un Ryan Gosling. Como resultado de estas duras experiencias su espalda solía ser tan sólo un poco más angosta que una carretera de cuatro carriles, mientras que su rostro deforme asemejaba el de un semidiós griego golpeado con un yunque al momento de nacer.

La ventaja que ofrecía como actor, con respecto a otros seres mitológicos como Robert Ryan y Sterling Hayden, es que Mitchum también poseía la capacidad de transmitir vulnerabilidad. Claro, esto sin caer en la extrema fragilidad de un Woody Allen. Su mirada pícara, con sus ojos siempre dispuestos a meterse en líos con prófugas del manicomio, lo convirtió en el actor ideal para encarnar a los protagonistas masculinos de noirs como Where danger lives (1950) y Angel Face (1952). La premisa de ambas obras es idéntica: un hombre va por el mundo, viviendo una existencia tranquila, sin molestar a nadie, al lado de una novia fiel y considerada, hasta que conoce a una mujer enigmática que lo lleva a  conocer su propia perdición, la locura y un inframundo plagado de seres crueles y viciosos.

El excéntrico millonario Howard Hughes fungió como productor de estos dos largometrajes, lo cual le permitió imprimir su locuaz personalidad en el guion, el casting y la dirección, y sin embargo ninguna de las dos historias se hunden gracias a Mitchum, quien carga con el lastre de Hughes a cuestas y consigue hacer un tipo de arte sublime, no por medio de una actuación estridente e intensa, sino gracias a su estilo lacónico y minimalista, que siempre fue la marca de la casa.

Su técnica era el conseguir más con menos, el expresar asombro por medio de un ligero movimiento de labios, antes que con una exclamación o un exagerado visaje. Desplazándose por el plato de grabación siempre con cadencia, antes que con movimientos bruscos y repentinos. De haber sido novelista hubiera prescindido por completo de los signos de admiración.

Mitchum no sólo fue capaz de sacar a flote churros serie B que más tarde serían la inspiración de autores como David Lynch y Jean-Luc Godard, sino también formó parte de obras maestras como Out of the past (1947). Epítome del cine negro, Out of the past contiene todo lo que amo del género: el detective solitario (Mitchum), la enigmática voz en off a cargo de éste, los diálogos ultraestilizados, el villano carismático (Kirk Douglas) y la mujer astuta y voluntariosa, que se niega a ser la sombra de un varón y en lugar de ello se forja un destino manipulando a los hombres y poniéndolos a luchar entre sí. Este papel cayó en manos de una chica de veintidós años llamada Jane Greer, una valiente jovencita que podía presumir el haber anulado un contrato de exclusividad con el intimidante Howard Hughes, tan sólo para firmar otro más jugoso cuando éste se convirtió en propietario de RKO. 

El hecho de que no recibiera el reconocimiento de actores como James Dean o Marlon Brando es comprensible. Sobre todo si se considera su escandaloso arresto por fumar marihuana junto a un par de aspirantes a actrices en 1948. La afición por la hierba (“el whiskey del pobre”, según sus propias palabras) fue adquirida por Bob durante sus días de trampa, brincando de tren en tren por todo el país, actividad que emprendió al huir de casa a los catorce años. Lo marihuano no se le quitó con el arresto, sin embargo este suceso bochornoso, según la moral de la época, lo llevó a someterse a la voluntad de un maniático como Howard Hughes con tal de salvar su carrera.

Su comportamiento fuera de cámaras le generó una reputación de actor impredecible y difícil de controlar.  En 1948, mientras filmaba el western Rachel and the stranger, la protagonista Loretta Young le prohibió el uso de lenguaje soez durante la filmación, estableciendo una tarifa por cada palabra altisonante. Le aclaró que decir ‘maldito’ le costaría medio dólar, mientras que ‘chingado’ dólar y medio, por lo que el problemático actor le preguntó enfrente de todo el equipo de producción, y a voz en cuello:

“¿Y cuánto me cobras por culear?”

Otra indecencia suya ocurrió durante la boda de Rita Hayworth con el productor James Hill en 1958. Esa noche la madre del novio afirmó públicamente que detestaba tomar alcohol, por lo cual Mitchum consideró prudente preguntarle:

“¿Acaso le provoca flatulencias?”

Esta perversidad fue explotada muy bien en sus papeles de villano, por medio de los cuales solía robarle la película al protagonista. Le ocurrió a Gregory Peck, el recto abogado y padre de familia en Cabo de Miedo. Por poco y desaparece al lado de Mitchum, quien en esa ocasión dio vida al violador vengativo Max Cady, uno de los dos psicópatas más cautivadores en la historia del cine. El otro fue el reverendo Harry Powell, encarnado por él mismo en La noche del cazador. Para confusión del público, su personalidad dotó al cruel predicador de una brillante sonrisa que lo hacía imposible de odiar. Ambas interpretaciones fueron realizadas varias décadas antes de que se estableciera la moda del asesino carismático, con villanos como Hannibal Lecter y Anton Chigurh.

 Poco dado a la corrección política, cuando Charles Laughton y Paul Gregory, respectivamente director y productor de La noche del cazador (homosexuales ambos), lo invitaron a cenar a casa del primero, a Mitchum le pareció una buena idea el abrirse la bragueta, sacarse su miembro, colocarle salsa de tomate encima, y preguntarle a ambos:

“Ahora sí, ¿quién desea comer esto primero?”

Melómano empedernido, la voz de barítono con la cual cantaba sus líneas le dio licencia para grabar en el 57 un muy disfrutable disco de calipso titulado Calypso is like so…, y diez años más tarde otro de country (That man, Robert Mitchum, sings). En este último aparece una melodía compuesta por él (Mitchum sabía tocar el piano y el saxofón), Ballad of Thunder Road, la cual fue el tema principal de la banda sonora de una aventura cinematográfica muy personal: Thunder Road, donde retrata a los contrabandistas de whiskey ilegal que conoció en medio de una balacera en Tennessee, durante su época de trampa.

En el 73 le hincó el diente a la novela The friends of Eddie Coyle, del autor Geoge V. Higgins, un exayudante del fiscal de distrito de Massachusetts con un impecable instinto para escribir dialogo fluido, musical y realista a la vez. Para la adaptación fílmica Mitchum accedió interpretar al personaje aludido en el título, un traficante de armas que busca desesperadamente sobrevivir fuera de prisión delatando a sus clientes. Para darle mayor realismo a su actuación entabló amistad con el capo Howie Winter. Al percatarse de esto Higgins le llamó la atención al director Peter Yates, a quien trató de alertar del peligro que se corría al relacionarse con un reconocido criminal.

“Con reconocido criminal, ¿Higgins se refiere a Winter o a mí?”, preguntó Mitchum.

Anécdotas como ésta atentaban contra la pose de exagerado valelemadrismo que Mitchum se esforzaba en transmitir.

“Soy la puta más vieja de este rancho. Tan sólo muéstrame el verde hollywoodense y si tú quieres la puedo hacer de enano o hasta de lavandera china”, solía decir. 

En realidad era todo un profesional. El legendario director Howard Hawks detectó esta característica suya durante el rodaje de El Dorado (1967).

“¿Sabías que eres un farsante?”, le preguntó al actor luego de arrinconarlo.
“¿Por qué lo dices?”
“Tomas todas las noches, llegas crudo al set, haces como que todo te vale madre, y eres el trabajador más dedicado que he visto”, sentenció el director.
“Está bien, pero no se lo digas a nadie.”

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